Por PATRICIO LE CERF V.
Licenciado en Historia y Magíster en Ciencia Política con mención en Relaciones Internacionales
Pontificia Universidad Católica de Chile
El próximo 6 de junio se conmemorará un nuevo aniversario del Día D, el desembarco aliado en las playas de Normandía ocurrido en 1944. Como ocurre cada año, los medios volverán a reproducir imágenes de lanchas de desembarco acercándose a Omaha Beach, veteranos serán entrevistados en ceremonias conmemorativas y las redes sociales se llenarán de fotografías históricas coloreadas digitalmente.
Y, sin embargo, vale la pena preguntarse algo aparentemente simple: ¿por qué seguimos hablando de esto?
No porque el acontecimiento carezca de importancia histórica. Sería absurdo sostener aquello. La Operación Overlord fue una de las campañas militares más complejas jamás ejecutadas y abrió el camino para la liberación de Europa Occidental del dominio nazi.
La pregunta es otra.
¿Por qué, entre los innumerables episodios decisivos de la Segunda Guerra Mundial, Normandía ocupa un lugar tan privilegiado en la memoria colectiva occidental?
La respuesta probablemente tenga menos relación con lo que ocurrió el 6 de junio de 1944 que con quién ha contado esa historia durante los últimos ochenta años.
EL DÍA D Y LA CONSTRUCCIÓN DE UN RELATO
Desde una perspectiva estrictamente militar, el desembarco en Normandía no fue el momento en que la Alemania nazi comenzó a perder la guerra.
Cuando las tropas estadounidenses, británicas y canadienses llegaron a las playas francesas, el Tercer Reich ya había sufrido derrotas estratégicas devastadoras. La Batalla de Stalingrado había destruido al Sexto Ejército alemán en 1943. La Batalla de Kursk había confirmado la pérdida de la iniciativa militar alemana en el frente oriental.
De hecho, la mayor parte de las bajas alemanas durante la guerra se produjo precisamente en el frente oriental.
Sin embargo, cuando la cultura popular occidental recuerda la derrota del nazismo, la imagen que suele aparecer primero no es Stalingrado ni Kursk, sino Omaha Beach.
¿Por qué?
Porque la historia no se recuerda únicamente según criterios de importancia objetiva. También se recuerda según relaciones de poder.
LA MEMORIA DE LOS VENCEDORES
Existe una frase atribuida erróneamente a Winston Churchill que sostiene que «La historia la escriben los vencedores». Aunque simplifica demasiado el trabajo historiográfico, contiene una intuición válida: quienes poseen mayor influencia política, económica y cultural suelen tener más capacidad para difundir sus interpretaciones del pasado.
Y ningún país ha ejercido una influencia cultural comparable a la de Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX.
Hollywood, la televisión, la industria editorial, los documentales, los videojuegos y posteriormente las plataformas digitales contribuyeron a consolidar una determinada visión de la Segunda Guerra Mundial: una historia donde Estados Unidos aparece como protagonista principal de la derrota del nazismo y defensor universal de la democracia.
No se trata de una falsificación histórica. Estados Unidos desempeñó un papel fundamental en la victoria aliada.
Pero sí implica una selección.
Porque toda memoria colectiva selecciona qué recordar, qué enfatizar y qué dejar en segundo plano.
LA «GUERRA BUENA»
El historiador estadounidense Studs Terkel popularizó la expresión «The Good War» para referirse a la Segunda Guerra Mundial. La idea era sencilla: frente a conflictos posteriores como Vietnam, Irak o Afganistán, la lucha contra el nazismo parecía representar una causa moralmente incuestionable.
Para Estados Unidos, Normandía terminó convirtiéndose en el símbolo perfecto de esa narrativa.
Allí confluyen todos los elementos del mito nacional estadounidense contemporáneo: sacrificio, heroísmo, cooperación internacional, superioridad tecnológica y defensa de la libertad.
No es casualidad que Hollywood haya regresado una y otra vez a las playas francesas.
Desde The Longest Day (1962) hasta Saving Private Ryan (1998), pasando por series como Band of Brothers (2001), Normandía se transformó en una especie de santuario audiovisual donde se celebra la versión más noble del poder estadounidense.
Pero aquí aparece una cuestión interesante.
Quizás seguimos hablando tanto del Día D no solo porque fue importante, sino porque representa una imagen idealizada de Estados Unidos que muchos estadounidenses siguen necesitando.
NORMANDÍA COMO FETICHE POLÍTICO
El sociólogo francés Pierre Nora sostenía que las sociedades construyen «lugares de memoria»: espacios, fechas o acontecimientos donde depositan símbolos fundamentales de su identidad colectiva.
Normandía parece haberse convertido precisamente en eso. Más que una operación militar, funciona como un símbolo. Un símbolo de una época en que Estados Unidos aparecía como líder indiscutido del mundo occidental. Un símbolo de una guerra donde las líneas entre el bien y el mal parecían relativamente claras. Un símbolo de una victoria que todavía puede exhibirse sin demasiadas controversias.
En ese sentido, podría decirse que el Día D ha sido parcialmente fetichizado. No porque su importancia sea ficticia, sino porque ha terminado representando mucho más que el acontecimiento histórico original.
Normandía se ha convertido en una especie de espejo donde Estados Unidos contempla la versión más heroica de sí mismo.
¿POR QUÉ SIGUE IMPORTANDO EN 2026?
La respuesta puede encontrarse precisamente en la reciente película Pressure, estrenada a fines de mayo.
La cinta aborda las horas previas al desembarco desde la perspectiva del meteorólogo James Stagg, responsable de asesorar al alto mando aliado respecto a las condiciones climáticas para la invasión.
Resulta llamativo que, ochenta y dos años después, Hollywood continúe produciendo películas sobre Normandía.
Pero quizás no debería sorprendernos.
En un momento donde la influencia global estadounidense es cuestionada por el ascenso de China, donde la guerra ha regresado a Europa con la invasión rusa de Ucrania y donde el orden internacional liberal atraviesa dificultades evidentes, volver al Día D equivale a regresar al momento de máxima confianza de Occidente en sí mismo.
Normandía representa una época donde Estados Unidos parecía saber exactamente quién era, qué defendía y cuál era su papel en el mundo.
Y eso tiene un enorme valor simbólico en tiempos de incertidumbre.
¿POR QUÉ SEGUIMOS HABLANDO DE ESTO?
Porque el Día D fue una operación militar decisiva. Pero también porque fue el punto de partida de un relato. Un relato sobre democracia, liderazgo internacional y poder estadounidense que ha moldeado buena parte de la memoria occidental durante las últimas ocho décadas.
Seguimos hablando de Normandía porque seguimos viviendo, en gran medida, dentro del mundo que surgió de aquella victoria.
Y también porque Estados Unidos continúa siendo lo suficientemente poderoso como para convertir su memoria nacional en memoria global.
Quizás esa sea la respuesta más incómoda a nuestra pregunta inicial.
No recordamos el Día D únicamente porque cambió la historia. También lo recordamos porque la principal potencia del último siglo se ha encargado de recordárnoslo constantemente.
*Imagen de cabecera propiedad de Screenrant.

Excelente artículo y un tema que vale la pena problematizar, especialmente hoy, 6 de junio.
La tesis central es sólida: la centralidad de Normandía en la memoria occidental responde tanto a política cultural como a importancia militar real. Y tiene razón en señalar el desequilibrio respecto al frente oriental, donde ocurrieron batallas de una magnitud incomparablemente mayor.
Sin embargo, creo que el argumento merece un matiz importante: la instrumentalización de la memoria no es un monopolio estadounidense. La Unión Soviética construyó durante décadas su propia épica del “Gran Guerra Patriótico”, con Stalingrado como mito fundacional del Estado soviético, suprimiendo deliberadamente cualquier narrativa alternativa —incluyendo el rol de los aliados occidentales (¡el propio Lend-Lease fue minimizado durante años en la historiografía soviética!). Hoy Putin utiliza exactamente ese mismo relato para justificar la invasión de Ucrania.
Esto no invalida la tesis del artículo, pero sí la complica: no es que Normandía esté sobredimensionada porque los americanos falsifican la historia, sino que toda gran potencia construye su propia memoria de la guerra. Lo particular de EEUU es su alcance cultural global.
La pregunta más incómoda quizás no es “¿por qué Hollywood celebra Normandía?” sino “¿si la URSS hubiera ganado la Guerra Fría, cuántos de nosotros habríamos aprendido que la guerra se ganó en Stalingrado, y tendríamos hoy a Hollywood produciendo películas sobre Zhukov?”
Eso, creo, dice bastante sobre cómo funciona realmente la memoria histórica colectiva.
Muy interesante el escrito! Es cierto que siempre lo que se cuenta en historia es la versión de los vencedores. Ojala se estrene pronto en cine la película pressure 🙂