Se lo debemos a los trabajadores de los ’80

Por MATÍAS SEPÚLVEDA M.

Licenciado en Historia y Título de Profesor de Historia, Geografía y Ciencias Sociales,

Pontificia Universidad Católica de Chile.


Un guardia de supermercado, abatido por la vida, pelo rígido y canoso, con barriga de viejo, con ojeras y con los pies fatigados por el calzado. Ni el peinado hacia atrás aliviaba su cansancio. A sus 60 y tantos debe gastar su poco tiempo cuidando un Líder. Otro adulto mayor, esta vez quién pesa las frutas y verduras, revelaba un rostro masacrado por la falta de sueño, sus pobres músculos no resistían la inclemencia de los clientes histéricos por las ofertas. Cada tanto dejaba caer sus muñecas sobre el mesón, fisgoneaba sus manos ásperas y volvía a la carga.

Estimados lectores, hace poco nos enteramos de que el IMACEC de noviembre está por sobre lo esperado. Les podría señalar que las  buenas cifras de crecimiento económico no son una noticia. Chile desde los 80 mantiene un rendimiento envidiable en este apartado. No obstante, nos estamos poniendo una medalla que no nos merecemos. Al menos no aún. ¿Entonces quién merece este reconocimiento?

Para responder les propongo retroceder un par de décadas, recordar que sería de ese guardia y ese pesador de frutas en los albores del libre mercado. Es muy probable que uno de ellos, o bien los dos hayan pertenecido a los famosos planes de empleo: PEM (Programa de Empleo Mínimo) y POJH (Programa de Ocupación para Jefes de Hogar). Estos programas absorbieron gran parte del 30% cesantía de la dictadura (la discusión de cómo se generó esta tragedia da para otra columna). A saber, trabajaron sin reconocimiento previsional, con un salario igual al tercio del mínimo, sin seguros de salud y soportando la humillación de sus pares por caer en la desgracia del asistencialismo. No lo hicieron un año. Fueron 14 años de funcionamiento del PEM, muchos de ellos perpetuando a trabajadores inexpertos, es decir, para muchos de los viejos de hoy su primera changa fue el PEM. Ellos, sin lugar a duda, pagaron el coste social de lo que hoy llamamos prosperidad. ¿A que no sabían cómo son las políticas de ajuste? Básicamente es sacrificar a una generación a trabajar para otros, a trabajar y ver cómo sus vidas pasan sin poder aferrarse a ellas.

Durante la década más frenética de nuestra historia reciente, nuestros padres y abuelos vieron como este país combatía la inflación, devaluaba la moneda, desmantelaba sindicatos y cortaba todo lazo entre la sociedad y el Estado. Esos jóvenes y adultos trabajaron extenuantes jornadas en obras públicas, en piquetes, en dónde hiciera falta. Sus vidas transcurrieron entre el toque de queda, el PEM, la olla común y las ferias libres. Si, estimado lector, y aunque suene macabro, para ellos no había domingos de Mall.

Actualmente existe el consenso que el dinero carece de valor sin las condiciones macroeconómicas para que este sea codiciado. ¿No me cree? Bueno, le cuento que el salario mínimo en Venezuela tiene bastantes más ceros que el nuestro, pero 10 millones de venezolanos han emigrado por las condiciones económicas. Maduro podría subir aún más el sueldo, pero con su nivel de emisión no vale nada. Ante este panorama el salario se deprecia respecto al valor potencial de una jornada de trabajo.

Por tales motivos planteo que el tiempo sí es nuestro, es nuestra propiedad. Expresado de esta forma es muy noble que trancemos lo único nuestro, para poder vivir. Ocho horas de trabajo al día, quizás las mejores ocho horas. Dejamos de ver a nuestras familias, de ir al teatro, de leer, de vivir, por trabajar. Y puede empeorar sí tú bendito trabajo queda lejos de tú hogar, 9 o 10 horas de un día que sólo tiene 24 y duermes 7 u 8. Las horas que quedan para tu vida son las de poca calidad: cansado, con hambre y sin energía.

A esos hombres y mujeres que perdieron su juventud y adultez entre dictaduras y ajustes económicos, a ellos le debemos tiempo. No le escribo al Estado, ni al gobierno. Te escribo a ti que eres hijo o nieto. Le debes tiempo a tus viejos. Para ellos no habrá Teletón, ni tampoco habrán portadas en LUN. Ellos son sujetos anónimos, silentes, tímidos, agobiados y abatidos.

Hagamos un esfuerzo y paguemos nuestra deuda con ellos. Trabajemos una hora más para que ellos libren más temprano. Tendrán peores pensiones que las nuestras, vivirán menos que nosotros, pero al menos tengamos el detalle de devolverles su sacrificio en tiempo.


*Imagen de cabecera propiedad de Fortín Mapocho.

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