El Artista

Por el ÚLTIMO INTRANSIGENTE


Un domingo 15 de marzo, a mediodía y luego de resistir los embates de la prensa, los apoderados, varios alcaldes, un presidente errante asomó la cabeza y decidió dar una vuelta de timón en la gestión de la emergencia sanitaria y declarar la suspensión de clases a nivel nacional. Un gesto personalista o bien un intento por parecer ecléctico, de momento es muy difícil dilucidarlo, ya que Piñera se ha tornado tan indescifrable como divergente.

 En las primeras semanas de la suspensión, la medida parecía ser un alivio para los padres, una protección para los jóvenes y un desafío para los docentes y directivos. A 3 meses de la decisión, han aflorado los problemas: estudiantes sin clases efectivas, profesores desgastados, padres estresados y sostenedores con finanzas que no cuadran.

 En medio de toda esta vorágine sanitaria, el autor de esta columna ha decidido abandonar su pragmatismo habitual y escribir sobre el sentido inmaterial de la enseñanza, sobre la formación intelectual de los estudiantes y la repercusión en la autopercepción del docente, es decir ¿Por qué la pandemia nos está privando del arte de enseñar?

 Uno de los propósitos angulares de la educación en nuestros días -y me atrevería a decir también en los días de antaño- es formar seres humanos flexibles y capaces de integrarse al mercado laboral. Este objetivo es la base de la pirámide de propósitos que encarna el sistema educativo y es por tanto el fundamento más importante. Sin embargo, la cúspide de la pirámide -el lugar que más cercano al cielo- está habitada por la formación intelectual, que la debemos entender como la comprensión y crítica de ideas complejas sobre la humanidad. Esta labor es obra de hombres talentosos, persistentes, virtuosos, verdaderos artistas capaces de inspirar admiración en alumnos aún adolescentes. Como ejemplo de lo anterior podemos citar a Carlos Peña, quién en la reciente entrevista realizada por Cristián Warnken, recordó a uno de sus profesores de filosofía como una autoridad tan admirable que le instó a reflexionar su existencia. Como Peña, muchos tenemos el recuerdo de un docente o tío que derribó nuestros prejuicios e instaló andamiajes con los cuales hemos construido nuestros hogares ideológicos, nichos intelectuales y cartografías políticas.

En nuestro encierro hemos debilitado al artista, lo hemos privado de su audiencia, le quitamos los aplausos, le enviamos a grabar sus actuaciones una y otra y otra vez, lo sacamos de su escenario y lo enviamos a la línea de producción.  A este artista agobiado le criticamos porque su obra es una miseria en comparación a su pasado glorioso, le llamamos “jugo en polvo”, nos mofamos e incluso lo abatimos con correos estúpidos sobre cuestiones administrativas.

 Ahora nuestros docentes son presa fácil de adolescentes termocéfalos en plataformas virtuales.  Ahora los estudiantes ven en el artista a un simple ser humano agotado, aburrido, incapacitado y muchas veces expuesto a sus errores. Nuestros docentes han dejado el arte y están profesando la piratería, la simpleza, la guía descargada o el video de youtube, las reflexiones sobre la naturaleza del ser han sido reemplazadas por el minion más simpático para el power point.

 En algún momento necesitaremos de creatividad para salir de esta crisis, no la obtendremos de estudiantes formados en estas fábricas de muebles que llamamos clases virtuales.


*Imagen de cabecera propiedad de Mesaticfid.

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