Románticos de la violencia en Chile

Por DIEGO SARMIENTO K.

Estudiante secundario

Club La Fayette


A raíz de las manifestaciones sociales que se han tomado las calles de Chile en los últimos días, múltiples perspectivas han tenido lugar en el debate público. Evidentemente, desde cada una se diagnostica y establece un tratamiento de la crisis.

Para nadie es sorpresa que quienes más se nutren del cólera social son los radicalismos ideológicos, aquellos que prometen a la ciudadanía el oro y la plata: estabilidad social a cualquier costo, y la consecución de las demandas populares a través de la acción directa. Que “los manifestantes son pagados por partidos de oposición”; que “la violencia es la única vía efectiva”; que “las Fuerzas Armadas y de Orden presentan la única alternativa para frenar la criminalidad de la que la calle ha sido testigo”; que “el gobierno conspira contra el pueblo a través de la represión militar”, y demás frases, son las que a menudo dominan la opinión pública en estos momentos. Lo cierto es que ninguno de estos enfoques es cierto, y es más, ninguno tiene cabida en una democracia auténtica, al tratarse de perspectivas que transgreden todo precepto de la vida en sociedad.

La protesta social no es más que el uso colectivo de la libertad individual, puesto que, sin compresión alguna de la libertad individual, la libre acción es una ficción. No obstante, la violencia como forma de manifestación, coarta la libertad de aquel que se ve afectado directa o indirectamente por el ejercicio de esta. En consecuencia, por ejemplo, al vandalizar la propiedad privada, la libertad individual del dueño se ve afectada al verse despojado de los medios para hacer efectiva su libertad de acción. En el caso del mobiliario público, el dueño no es alguien en particular, sino el colectivo, por tanto, cada miembro de la sociedad. Cuando se siniestra parte de la infraestructura urbana, ilegítimamente se toma parte de lo que le pertenece a todos.

Esto, en absoluto inédito, parece significar de suma dificultad para la política chilena. Se aborda con ambigüedades y eufemismos, sobreponiendo caprichos electorales por sobre el cuidado de la democracia. Desde la derecha tradicional, se defiende el uso irrestricto del “monopolio legítimo de la violencia” por parte del Estado para paliar los efectos de las manifestaciones, y desde la izquierda testaruda, validan la violencia política al rehusarse ser claros en el rechazo de este tipo de comportamiento vandálico y criminal. Al parecer, a los “representantes del pueblo”, se les ha olvidado que cada avance en materia política no ha tenido otro objetivo que “racionalizar” los procesos propios de una sociedad moderna. Así, si hemos llegado hasta este punto, con aspiraciones de Estados democráticos, repudiemos las antiguas prácticas, propias de Estados primitivos, cimentadas en la violencia y el uso de la fuerza con fines políticos, de modo que la historia no haya sido en vano.


*Imagen de cabecera propiedad de The Clinic.

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